jueves, 5 de enero de 2012

El paraíso comunista

El paraíso comunista:


El socialismo real, es decir, la aplicación de la ideología socialista y los métodos marxistas a una nación, ha construido un pueblo precioso. Se llama Kijongdong y está en Corea del Norte, un nombre para que los occidentales nos entendamos, ya que el oficial es el de República Democrática Popular de Corea. Como decíamos, Kijongdong es precioso. De lejos. Casitas de varias alturas encaladas como un pueblo andaluz o una villa menorquina, tejados azules, mucho verde y, cielos, electricidad, algo que es tan raro en el paraíso socialista como una ración individual de 2.500 calorías. De noche, la villa se ilumina y las luces se van apagando según se acerca la madrugada. De día, por las calles, los prismáticos vislumbran gente feliz que pasea, hace gimnasia o va a su trabajo en el colegio, quizá en la academia de formación, quizá en las tiendas de ultramarinos, en el gran hospital...



Eso es lo que se ve, porque Kijongdong está a vista de prismático de Corea del Sur (nombre oficial: República de Corea), en la zona desmilitarizada que separa los dos países desde 1948, pero, sobre todo, desde el armisticio de 1953, cuando se llegó al acuerdo de que ambos ejércitos retrocederían dos mil metros desde la línea que corre por el paralelo 38. Dos mil metros cada uno hacen un total de cuatro kilómetros de tensa paz en una de las fronteras más eléctricas del mapamundi en la que todos los días hay disparos (más de doscientos soldados americanos han muerto desde 1953) y en la que no se permiten asentamientos ni barracones... a excepción de los puntos de control y de dos ciudades: Kijongdong en el norte y Daeseongdong en el sur.



La guerra de los mástiles



La ciudad fue creada por aquel líder supremo comunista, Kim il-Sung, presidente eterno (eso dice la Constitución) de Corea del Norte. La llamó “Villa de la Paz” y la situó donde los oprimidos campesinos surcoreanos pudieran verla y así anidara en sus corazones la idea de saltar la valla de la zona desmilitarizada y afincarse entre los salvíficos y prósperos vecinos comunistas. El gran líder incluso fue un paso más allá y ordenó que se instalasen altavoces en Kijongdong desde los que se oyera, desde el orto al ocaso, una selección de lo más hermoso de la canción popular norcoreana.



Luces, casas encaladas, alegres camaradas, flores, setos recortados, colegios, árboles, tejados azules, un gran hospital y musiquita folclórico-marxista... ¿Quién podría resistirse a una invitación semejante? Según las estadísticas oficiales, apenas unos doscientos surcoreanos han abandonado en medio siglo el infierno capitalista para refugiarse en el paraíso socialista. Algo debían los surcoreanos de barruntarse, sobre todo después de que los inspectores de Naciones Unidas (suizos y suecos) recibiesen negativa tras negativa del régimen de Pyongyang para visitar aquel mágico lugar.



En un mal día para Kijongdong, los malvados soviéticos y los pérfidos yanquis comenzaron la carrera espacial. Los cielos de la Guerra Fría se llenaron de satélites meteorológicos y de comunicaciones que escrutaron el mundo entero con sus objetivos ilimitados, zona desmilitarizada incluida. Los modernos teleobjetivos apuntaron hacia Kijongdong y revelaron que aquella era una villa vacía de casas huecas en la que no vivía nadie y que las luces se encendían o apagaban gracias a un completo sistema de temporizadores. La gente feliz que paseaba por sus calles eran brigadas del régimen que se dedicaban al mantenimiento de los edificios vacíos. Aquel era un gigantesco decorado, una metáfora del socialismo, un pueblo potemkin (ver apoyo).



Pero no por eso el régimen dejó de engalanar su villa de la paz. En 1980, a los vecinos surcoreanos se les ocurrió construir un mástil de 98 metros y medio en el que colocaron una bandera de ciento treinta kilogramos de peso. Afrentado, el glorioso socialismo norteño reunió a sus ingenieros que proyectaron y clavaron una torre-mástil de ciento sesenta metros (la torre Panmunjeom), casi el doble que la de los surcoreanos, y a la que izaron un paño nacional norcoreano de 250 kilogramos. Hoy, la república en la que las raciones de caloría por persona y día están limitadas a 700 (1.400 antes de 1995), es la orgullosa propietaria del tercer mástil más alto de la Tierra (solo superado por unos pocos metros por los de Azerbayán y Tayikistán).



Aquella bandera consiguió el efecto contrario al que se buscaba. No solo no intimidó a los vecinos, sino que decenas de miles de personas pasaron por la frontera para ver con sus propios ojos acoplados a modernos telescopios cómo Kijongdong era una carcasa sin nada dentro.



Campo de sordos



Descubierta la trama -ya elevada a metáfora-, el presidente eterno Kim il-Sung entendió que mantener aquel prodigio de felicidad para recibir apenas doscientos desafectos no compensaba el gasto, así que se puso bravo. Desde los años ochenta, el sistema de megafonía se ha olvidado del folclore y se ha centrado en la propaganda directa. Durante veinte horas al día, las soflamas del presidente eterno y luego de su hijo, el querido líder Kim Jong-il, dan paso, sin solución de continuidad, a mensajes directos, a las óperas patrióticas del difunto reciente y a marchas militares y aguerridas que animan a la evasión desde el sur criminal. Todo eso, veinte horas al día y a un volumen infernal. Si el decorado no está vacío, es que aquello es un campo de concentración de sordos.



Ni siquiera durante la terrible hambruna de 1995 ocasionada por las inundaciones que anegaron cosechas y reservas desde el 30 de julio al 18 de agosto callaron los altavoces de Kijongdong. Ni siquiera lo hicieron cuando Estados Unidos, en unión de China, Japón y Corea del Sur, ejecutó un plan de envío masivo de alimentos a Pyongyang. Ese mismo año, el marxismo construyó un cartel gigantesco en el que se podía leer una chiquillada: “Nosotros tenemos un presidente mejor que el vuestro”.



En 1997, el secretario de Defensa de Clinton, el republicano William Cohen, visitó la zona desmilitarizada tras recibir un informe en el que se aseguraba que a pesar de los esfuerzos, la hambruna había provocado una gravísima crisis humanitaria (se calcula que más de un millón de personas murieron de inanición en aquellos dos primeros años). Cuando vio el enorme cartelón infantil, al que se había sumado otro que rezaba: “Seguid el camino del líder”, Cohen no se pudo reprimir y dijo: “Si los norcoreanos que guardan la frontera pudieran leer mis labios, les diría que espero que puedan entender la futilidad de poner carteles de propaganda que promocionan un régimen fallido”.



Por la noche, todas las noches, también ayer por la noche, la ciudad fantasma de Kijongdong sigue encendiéndose para iluminar a nadie. Esto demuestra muchas cosas, pero la principal es que los norcoreanos no saben leer los labios.



Songun y Juché



La diferencia fundamental entre el recién fallecido Kim Jong-il y su padre, Kim il-Sung, es que el segundo vivió su despotismo en la Guerra Fría, cuando apenas un poco de propaganda bastaba para que una nación se arracimase en torno a su líder. Kim Jong-il tenía motivos para la preocupación. La hambruna había sido una continuación de la caída de los regímenes comunistas (que si cayeron fue, según Pyongyang, porque no practicaron un socialismo real). Para evitar cualquier tentación involucionista, Kim Jong-il decidió promover el Songun como principal política de Corea del Norte junto con el Juché (Corea sola se basta). Songun significa “El Ejército, primero”. Es decir, que la prioridad, en todo, es servir al Ejército, que es en el que reside la soberanía nacional de una Corea que se basta sola.



El pueblo ‘potemkin’



Dice la historia, confundida entre leyendas, que en 1787, su serena alteza, el príncipe de Táurica, Grigori Potemkin, al saber que la zarina Catalina II de Rusia quería ir a visitar Crimea, mandó construir decenas de pueblos fantasma a lo largo de la ruta; pueblos que engalanó y en los que colocó miles de campesinos aleccionados para mostrarse felices y obsequiosos al paso de la soberana. El conquistador de Crimea quiso ocultar así su desastrosa gestión tras la primera guerra ruso-otomana. La leyenda cuenta que lo consiguió, ya que fue aquella visita de Catalina la Grande lo que provocó el estallido de la segunda guerra ruso-otomana. Desde entonces, cualquier construcción propagandística vacía o inútil recibe el adjetivo de potemkin.

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