sábado, 3 de marzo de 2012
OEA ha hecho estudios de participación del narco en campañas; México, en riesgo
miércoles, 1 de febrero de 2012
El sótano de las golondrinas
El ser humano, en su intento de descender bajo la tierra, no ha llegado demasiado lejos. Por supuesto, debo omitir Viaje al Centro de la Tierra, de Julio Verne. Desciende por el cráter del Snaefellsjökull cuando la sombra de Scartaris lo acaricie, antes de las calendas de julio, viajero audaz, y llegarás al centro de la Tierra, dice Verne. Lo cierto es que si os asomáis al Snaefellsjökull, no distinguiréis más que el fondo del volcán, poco más.
Sin embargo, bajo nuestros pies hay más vida que sobre la superficie del mundo. Algunos científicos estiman que podrían existir hasta 100 billones de toneladas de bacterias viviendo bajo nosotros, en lo que se conoce con el pomposo nombre de ecosistemas microbianos litoautótrofos subterráneos. Así que, a pesar de que Thomas Gold, de la Universidad de Cornell, ha calculado que todas las bacterias del interior del mundo se colocaran en la superficie se cubriría el planeta hasta una altura de 15 metros, apenas sabemos con certeza lo que hay allí abajo.
Por ejemplo, el abismo natural más profundo jamás encontrado, descubierto en 1966 en una enorme planicie de piedra caliza, es una cueva de la selva de San Luis Potosí, en México, con casi 400 metros de profundidad y 60 metros en sus partes más angostas. Es un pozo inmenso, casi vertical: en él cabría perfectamente el Empire State Building. Y también permite a una persona realizar un salto base sin paracaídas: en 12 segundos llegará al fondo sin peligro de chocar con las paredes.
Es el llamado sótano de las golondrinas, conocido así porque los vencejos, para abandonar el fondo de la cueva, vuelan en espiral, originando un espectáculo que corta el aliento, y al atardecer se lanzan por turnos en picado para regresar a la altura de sus nidos.
Este accidente orográfico fue descubierto en 1976 por un equipo de ornitólogos de la universidad de Texas, que estaban realizando un estudio detallado de las aves en las fosas de la Huasteca potosina. Dave Whitacre, Devi Ukrain y otros ornitólogos descubrieron en esta fosa un ejemplo más de la importancia que tienen tales fosas para las poblaciones de aves de la región, al proveerles en sus escarpadas paredes de refugio contra los predadores.
Fantasma de la hambruna se agiganta en el mundo
jueves, 5 de enero de 2012
Cosas que no sabías de Islandia (y III): perros prohibidos, las kenningar y Canción de hielo y fuego
Islandia en un país de contrastes, y si puede resultar muy moderna en unos aspectos, parece afincada en la tradición en otros. Porque Islandia también es una tierra desierta en lo concerniente a los perros. Pues en 1924 se había aprobado una ley que prohibía la tenencia de canes en la ciudad porque, según ciertos informes, éstos podían contagiar unos quistes peligrosos para la salud de los hombres.
Hasta hacía bien poco (cuando fue derogada la ley), quien poseyera uno de estos animales de compañía podía ser multado con 2.000 coronas o una semana de cárcel.
Mucha de esta extravagante información, de la que apenas tenemos noticia fuera de Islandia, la he extraído del mejor libro que he leído sobre el país: La isla secreta. El autor, Xavier Moret, escritor y periodista, recibió el prestigioso Premio Grandes Viajeros, convocado por Ediciones B y la compañía Iberia, por dar a conocer al mundo un país tan hermético. Incluso los propios islandeses celebraron el libro. En él, el autor viaja en el verano de 2001 y en el invierno de 2002 a la recóndita Islandia con el firme propósito de encerrarse en la casa del escritor Gunnar Gunnarsson y así terminar una novela sobre Zanzíbar, a la vez que alberga la esperanza de contemplar la aurora boreal.
La isla secreta, como guía de viajes, quizá no funcione demasiado bien. Tal vez deberíamos buscar el valor del libro en su capacidad de sumergirnos en una sociedad diferente, casi alienígena (pese a ser occidental), ofreciéndonos una visión interna, desde sus bares, sus calles, sus ciudadanos. Entre otras cosas, Moret nos descubrirá una pirámide llamada Snaefellsjökull; una enorme construcción natural, producto de ominosas fuerzas tectónicas, que era protagonista de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.
Pero las cosas más interesantes, como siempre, no están a la vista: otra de las facetas menos conocidas de los islandes es que, si se lo proponen, son capaces de hablar muy bonito.
Las kenningar, que eran adoradas por Borges son construcciones poéticas que abundan en las sagas y los poemas épicos que forman parte del cuerpo literario medieval islandés y noruego: metáforas idiosincrásicas con las que los vikingos describían la realidad.
Las kenningar son conocidas en toda la poesía germánica pero sólo los escaldas (poetas cultos escandinavos) las usaban y desarrollaban constantemente. Por ejemplo, para referirse a la lengua decían espada de la boca; El mar era el prado de la gaviota; la espada era la vara de la ira; el barco era el potro de la ola; los ojos eran las piedras de la cara; el pecho era el asiento de las carcajadas; el río era la sangre de los peñascos; el guerrero era el teñidor de espadas; el corazón era la piedra del brío; las cejas eran los cortinajes del rostro; la poesía era el licor de Odín; el brazo o la mano eran el trono del halcón; el viento era el lobo de los cordajes; la cerveza era la marea de la copa; los dientes eran los riscos de las palabras.
En el Háttatal (El recuento de estrofas) de Snorri Sturluson, las kenningar se dividen en tres grados. El primero se le denomina kenning, al segundo tvíkent y al tercero rekit. Un kenning es la parte menor constitutiva de una kenning. Por ejemplo, se le puede llamar a la batalla el fragor de los dardos; o al aire, casa de los pájaros. Estos dos casos son kenningar simples. En cambio, en un tvíkent o doblado, se usa otra figura retórica adicional para doblar el kenning. Así, la llama del fragor de dardos no se le llamará a la batalla sino a la espada. Cuando se continúa con más asociaciones, se dice que es proseguido, o rekit.
Un ejemplo de texto construido con kenningar podría ser precisamente de Sturluson, de la Saga de Egil Skallagrímsson:
Pero me es hostil / el dios que destila / dulce licor de malta, / agrio su corazón; / ya no puedo erguir / mi cansada cabeza, / no puedo tener firme / el carro de la razón.
Aquí aparecen las siguientes kenningar: El dios que destila (Odín); Dulce licor de malta (poesía); El carro de la razón (la cabeza).
Las kenningar también se usan en la modernidad. Como curiosidad, quizá poca gente sepa que todos los títulos de la saga de fantasía épica Canción de hielo y fuego, de George R. Martin, son kenningar. Por ejemplo: Festín de cuervos (un cadáver) o Tormenta de espadas (una batalla). El título de El señor de los anillos, de Tolkien, también parecería ser una kenningar: un señor de los anillos era un rey, no porque llevara un puñado de anillos en sus dedos, sino porque los príncipes nórdicos obsequiaban anillos como recompensa por triunfos militares a sus lugartenientes.
En Xataka Ciencia | Cosas que no sabías de Islandia (I): sin cerveza, sin árboles y con genes muy puros | Cosas que no sabías de Islandia (II): pidiendo permiso a elfos, huelga sexual y comiendo raro
Alemania-ex RDA | Nostalgia comunista en las calles (Gazeta Wyborcza, Varsovia)
Veintiún años después de la reunificación alemana, numerosas calles y plazas de la extinta RDA siguen llevando el nombre de personajes del régimen comunista. Una tolerancia que es difícil de comprender para antiguos disidentes y para un periodista de Gazeta Wyborzca. (Article)
Fuente : http://www.presseurop.eu/es/content/article/135569...
El paraíso comunista
El socialismo real, es decir, la aplicación de la ideología socialista y los métodos marxistas a una nación, ha construido un pueblo precioso. Se llama Kijongdong y está en Corea del Norte, un nombre para que los occidentales nos entendamos, ya que el oficial es el de República Democrática Popular de Corea. Como decíamos, Kijongdong es precioso. De lejos. Casitas de varias alturas encaladas como un pueblo andaluz o una villa menorquina, tejados azules, mucho verde y, cielos, electricidad, algo que es tan raro en el paraíso socialista como una ración individual de 2.500 calorías. De noche, la villa se ilumina y las luces se van apagando según se acerca la madrugada. De día, por las calles, los prismáticos vislumbran gente feliz que pasea, hace gimnasia o va a su trabajo en el colegio, quizá en la academia de formación, quizá en las tiendas de ultramarinos, en el gran hospital...
Eso es lo que se ve, porque Kijongdong está a vista de prismático de Corea del Sur (nombre oficial: República de Corea), en la zona desmilitarizada que separa los dos países desde 1948, pero, sobre todo, desde el armisticio de 1953, cuando se llegó al acuerdo de que ambos ejércitos retrocederían dos mil metros desde la línea que corre por el paralelo 38. Dos mil metros cada uno hacen un total de cuatro kilómetros de tensa paz en una de las fronteras más eléctricas del mapamundi en la que todos los días hay disparos (más de doscientos soldados americanos han muerto desde 1953) y en la que no se permiten asentamientos ni barracones... a excepción de los puntos de control y de dos ciudades: Kijongdong en el norte y Daeseongdong en el sur.
La guerra de los mástiles
La ciudad fue creada por aquel líder supremo comunista, Kim il-Sung, presidente eterno (eso dice la Constitución) de Corea del Norte. La llamó “Villa de la Paz” y la situó donde los oprimidos campesinos surcoreanos pudieran verla y así anidara en sus corazones la idea de saltar la valla de la zona desmilitarizada y afincarse entre los salvíficos y prósperos vecinos comunistas. El gran líder incluso fue un paso más allá y ordenó que se instalasen altavoces en Kijongdong desde los que se oyera, desde el orto al ocaso, una selección de lo más hermoso de la canción popular norcoreana.
Luces, casas encaladas, alegres camaradas, flores, setos recortados, colegios, árboles, tejados azules, un gran hospital y musiquita folclórico-marxista... ¿Quién podría resistirse a una invitación semejante? Según las estadísticas oficiales, apenas unos doscientos surcoreanos han abandonado en medio siglo el infierno capitalista para refugiarse en el paraíso socialista. Algo debían los surcoreanos de barruntarse, sobre todo después de que los inspectores de Naciones Unidas (suizos y suecos) recibiesen negativa tras negativa del régimen de Pyongyang para visitar aquel mágico lugar.
En un mal día para Kijongdong, los malvados soviéticos y los pérfidos yanquis comenzaron la carrera espacial. Los cielos de la Guerra Fría se llenaron de satélites meteorológicos y de comunicaciones que escrutaron el mundo entero con sus objetivos ilimitados, zona desmilitarizada incluida. Los modernos teleobjetivos apuntaron hacia Kijongdong y revelaron que aquella era una villa vacía de casas huecas en la que no vivía nadie y que las luces se encendían o apagaban gracias a un completo sistema de temporizadores. La gente feliz que paseaba por sus calles eran brigadas del régimen que se dedicaban al mantenimiento de los edificios vacíos. Aquel era un gigantesco decorado, una metáfora del socialismo, un pueblo potemkin (ver apoyo).
Pero no por eso el régimen dejó de engalanar su villa de la paz. En 1980, a los vecinos surcoreanos se les ocurrió construir un mástil de 98 metros y medio en el que colocaron una bandera de ciento treinta kilogramos de peso. Afrentado, el glorioso socialismo norteño reunió a sus ingenieros que proyectaron y clavaron una torre-mástil de ciento sesenta metros (la torre Panmunjeom), casi el doble que la de los surcoreanos, y a la que izaron un paño nacional norcoreano de 250 kilogramos. Hoy, la república en la que las raciones de caloría por persona y día están limitadas a 700 (1.400 antes de 1995), es la orgullosa propietaria del tercer mástil más alto de la Tierra (solo superado por unos pocos metros por los de Azerbayán y Tayikistán).
Aquella bandera consiguió el efecto contrario al que se buscaba. No solo no intimidó a los vecinos, sino que decenas de miles de personas pasaron por la frontera para ver con sus propios ojos acoplados a modernos telescopios cómo Kijongdong era una carcasa sin nada dentro.
Campo de sordos
Descubierta la trama -ya elevada a metáfora-, el presidente eterno Kim il-Sung entendió que mantener aquel prodigio de felicidad para recibir apenas doscientos desafectos no compensaba el gasto, así que se puso bravo. Desde los años ochenta, el sistema de megafonía se ha olvidado del folclore y se ha centrado en la propaganda directa. Durante veinte horas al día, las soflamas del presidente eterno y luego de su hijo, el querido líder Kim Jong-il, dan paso, sin solución de continuidad, a mensajes directos, a las óperas patrióticas del difunto reciente y a marchas militares y aguerridas que animan a la evasión desde el sur criminal. Todo eso, veinte horas al día y a un volumen infernal. Si el decorado no está vacío, es que aquello es un campo de concentración de sordos.
Ni siquiera durante la terrible hambruna de 1995 ocasionada por las inundaciones que anegaron cosechas y reservas desde el 30 de julio al 18 de agosto callaron los altavoces de Kijongdong. Ni siquiera lo hicieron cuando Estados Unidos, en unión de China, Japón y Corea del Sur, ejecutó un plan de envío masivo de alimentos a Pyongyang. Ese mismo año, el marxismo construyó un cartel gigantesco en el que se podía leer una chiquillada: “Nosotros tenemos un presidente mejor que el vuestro”.
En 1997, el secretario de Defensa de Clinton, el republicano William Cohen, visitó la zona desmilitarizada tras recibir un informe en el que se aseguraba que a pesar de los esfuerzos, la hambruna había provocado una gravísima crisis humanitaria (se calcula que más de un millón de personas murieron de inanición en aquellos dos primeros años). Cuando vio el enorme cartelón infantil, al que se había sumado otro que rezaba: “Seguid el camino del líder”, Cohen no se pudo reprimir y dijo: “Si los norcoreanos que guardan la frontera pudieran leer mis labios, les diría que espero que puedan entender la futilidad de poner carteles de propaganda que promocionan un régimen fallido”.
Por la noche, todas las noches, también ayer por la noche, la ciudad fantasma de Kijongdong sigue encendiéndose para iluminar a nadie. Esto demuestra muchas cosas, pero la principal es que los norcoreanos no saben leer los labios.
Songun y Juché
La diferencia fundamental entre el recién fallecido Kim Jong-il y su padre, Kim il-Sung, es que el segundo vivió su despotismo en la Guerra Fría, cuando apenas un poco de propaganda bastaba para que una nación se arracimase en torno a su líder. Kim Jong-il tenía motivos para la preocupación. La hambruna había sido una continuación de la caída de los regímenes comunistas (que si cayeron fue, según Pyongyang, porque no practicaron un socialismo real). Para evitar cualquier tentación involucionista, Kim Jong-il decidió promover el Songun como principal política de Corea del Norte junto con el Juché (Corea sola se basta). Songun significa “El Ejército, primero”. Es decir, que la prioridad, en todo, es servir al Ejército, que es en el que reside la soberanía nacional de una Corea que se basta sola.
El pueblo ‘potemkin’
Dice la historia, confundida entre leyendas, que en 1787, su serena alteza, el príncipe de Táurica, Grigori Potemkin, al saber que la zarina Catalina II de Rusia quería ir a visitar Crimea, mandó construir decenas de pueblos fantasma a lo largo de la ruta; pueblos que engalanó y en los que colocó miles de campesinos aleccionados para mostrarse felices y obsequiosos al paso de la soberana. El conquistador de Crimea quiso ocultar así su desastrosa gestión tras la primera guerra ruso-otomana. La leyenda cuenta que lo consiguió, ya que fue aquella visita de Catalina la Grande lo que provocó el estallido de la segunda guerra ruso-otomana. Desde entonces, cualquier construcción propagandística vacía o inútil recibe el adjetivo de potemkin.